Aquí tenéis, pues, el prometido regate: ¡hoy hemos vuelto a la carga en San Cristóbal! Poca cosa, ¿eh? Ir y venir en el día para hacer unas encuestas y determinar qué factores influyen en que las mujeres decidan o no participar en los programas de formación de Pro México (u otros). Esta vez, la excursión formaba parte de un trabajo serio de investigación dirigido por Aidet, una investigadora social profesional. Un auténtico privilegio conocerla, trabajar con ella y platicar. El proyecto durará unos meses y se llevará a cabo en tres localidades de la ribera del Chapala. La primera de ellas, San Cristóbal Zapotitlán, el pueblo donde hicimos la primera visita a las artesanas de los cestos de palma y las figuritas hechas con la hoja del maíz, ¿os acordáis?
Lo que hemos vivido hoy en San Cristóbal daría para escribir un libro entero sobre las apasionantes vidas de quince mujeres, algunas de ellas (nuestras artesanas) graduadas en el programa „Segunda Oportunidad„ de Pro México, otras „desertoras” y a ver por qué, y las últimas que ni idea de qué es eso. Quince libros serían en realidad. Novelones algunos, de los de invierno alemán y kleenex…
Muy resumido y por estaciones os lo cuento, pues, para aprovechar la inmediatez temporal antes de que se me eche encima el viaje de vuelta, que ya está justo justo al ladito.
Llegamos prontísimo al lugar del delito y buscamos un sitio donde desayunar „unos taquitos“. Son las nueve y veinte y el pueblo está desierto. “Salen todos a las cinco de la mañana a recolectar la mora”, nos dicen. El olor a maíz de una tiendita chica nos atrae hacia adentro. No hay mesas pero no pasa nada: en un momentito se pone una en la entrada y listo: quesadillas sincronizadas (en bocata) y café soluble calentito. Qué más podemos pedir. “Lonchería Chulita” se llama el sitio. „Luego volvemos, señoras“. “Andele, que les vaya bien”.


Primera estación: cooperativa de artesanas. Platicamos, hacemos fotos y conocemos un poco mejor a las autoras de nuestros pedidos. Nos cuentan que la vida no es precisamente aburrida para ellas: cuidan hijos, padres, tíos, abuelita, cocinan, compran, hacen “el arreglo”. Por la tarde, artesanía. Conversamos sobre su todavía frágil modelo de negocio y proponemos algunos pasitos que pronto las ayudarán a mejorar su situación, aunque ahora las agobien.




Segunda estación: la calle. „Perdone, ¿le importaría contestar a unas preguntas? Es para ver si se organizan cursos de mujeres“. “Ah, pues sí “. Ni una mala contestación, ni una mala cara. Todas que sí y encantadas. Algunas trabajan en tiendas, otras recogiendo mora, vendiendo pollos… una llora mientras cuenta, aunque no cuenta nada triste…casi todas querrían apreder algo nuevo y nos dan las gracias con una amplia sonrisa. Estamos en México.
Íbamos Aidet, Kaho y yo buscando la dirección de una desertora: calle X número 6. Aquí está. No hay timbre. ¿Vive alguien aquí? La casa bien podría estar abandonada. Nos acercamos a la ventana del salón y vemos a toda una familia enfrente de una tele “bien chiquita”. “Hola -dice Aidet- ¿vive aquí Fulanita de tal?”. “Ah, no, aquí no”, contesta la señora. Aparece de repente una niña preciosa, de unos 7 años, con los labios pintados de rojo. Me mira a mí y directamente pone la vista en las hojas que llevo en la mano, intentando leer su contenido. Aidet pregunta a la señora: “¿Y usted, tendría diez minutitos para contestar unas preguntas?”. “Híjole, un momento, ahora voy”. Nos recibe en la puerta. Aidet sigue buscando a la desertora mientras Kaho y yo nos quedamos con ella: empezó trabajando en la mora a los 13 años pero ahora es ama de casa. Diez hijos. ¿Clase social? “Pues yo creo que la más baja”, dice sonriendo. Sin embargo, es la única de las encuestadas que lee überhaupt, y a diario. La Biblia. En familia. “Aquí no hay peleas -dice- si comemos frijolitos todos los días, pues así es, pero todos contentos. Nadie le quita nada a nadie. Y cuando los niños traen un problema de la escuela, pues buscamos entre todos la solución”. La sonrisa y el saludo educado de dos de sus hijos al salir de casa para ir a pescar nos confirma que ahí dentro reina, cuando menos, la paz. Sale de nuevo la pequeña de los labios rojos, me pregunta si Kaho es mi hija, le respondo que no pero ya casi, me sonríe y vuelve a desaparecer. Desde fuera se ve la entrada y una estancia separada de ella por telas transparentes tirando a negras, colgadas del techo. En el recibidor, un cuadro de la Vírgen de Guadalupe rodeado por un espumillón dorado enganchado en un clavo bien lejos de la imagen. “Voy a pedirle permiso a mi señor para ir al bazar de Pro México, nos dice sonriendo”. “Que venga él también y lo vea”, le digo. Nos despedimos y me voy pensando ya en lo mucho que ella podría aportar al módulo “Proyecto de Vida”.


Ya en Guadalajara, me despido de Kaho entre lágrimas, muchas (todavía me salen mientras escribo), mientras esperamos a su Uber. ¡Cuánto voy a echar de menos a esta personita para quien no tengo adjetivos, porque todos los buenos se le aplican! Sabe ya, y queda apuntado, que vendrá a Inglaterra en 2023.



Amanece ya en Guadalajara y esto se acaba, aunque quedan capítulos …


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