«El arte no resuelve los problemas, pero es alimento para el alma».
Con esta frase finalizaba María Blanco, hoy mismito, nuestra larga conversación mañanera antes de entrar en la casa de Pro México en San Juan Cosalá y dar inicio a nuestros respectivos quehaceres. Salíamos las dos del mismo coche, ya que he tenido el placer y el privilegio de vivir en casa de María y su esposo Mike durante mis repetidas estancias en la ribera del Chapala.
María es artista y directora de Desarrollo Comunitario en Pro México, cuya actividad estrella es MuralizARTE, un proyecto para pintar murales artísticos en San Juan Cosalá. En él se involucran artistas, jóvenes, asociaciones y personas de la comunidad en general para trabajar en el embellecimiento, cuidado y conservación del espacio público. «En San Juan se pinta mucho, hay artistas buenísimos. Muchos de ellos son jóvenes, algunos no trabajan, otros toman drogas… ¡y tienen muchísimo talento!». Un rápido paseo por el centro del pueblo confirma el talento, y la feliz convivencia de estos originales y coloridos murales con las diversas realidades de la localidad. La última edición de MuralizARTE en las calles tuvo lugar en 2019, con diez preciosos murales como resultado, tres de ellos pintados y donados por artistas profesionales invitados, y el resto pintados por artistas concursantes locales. Algunos están casi intactos pero otros -la mayoría-, se han ido deteriorando a causa de las inclemencias climáticas.





















Como tantas actividades artísticas, MuralizARTE no ha podido celebrarse en las calles en los últimos dos años. No fue la pandemia, sin embargo, un freno para el arte de María Blanco y Adriana Andrade, quienes aprovecharon las circunstancias para elaborar el maravilloso mural que preside el jardín de la sede de Pro México en San Juan Cosalá. La imagen representa a una mujer de rasgos indígenas o mestizos, vestida con el rebozo (manto de bordados mexicano), con un libro entre los brazos en señal de su interés por el aprendizaje, y un llavero con tres llaves: una antígua, la del pasado; una contemporánea, la del presente; y una más moderna, la del futuro. Nada mejor que este precioso mural para transmitir la visión que se respira en todos y cada uno de los rincones de esta casa: crear un espacio en el que las mujeres puedan abandonar temporalmente sus realidades para sentirse acogidas, respetadas, protegidas, apoyadas, fortalecidas, formadas y, sobre todo, queridas.


Íba yo exprimiendo a María y a Rosy sobre MuralizARTE esta mañana en el coche cuando de repente dice María: «para, Rosy, que ahí está el Chivo con Lily, vamos a tener suerte». Para Rosy ipso facto y bajamos del coche. Mi subdesarrollado instinto periodístico echa inmediatamente mano del móvil y activa la cámara ante la presencia de tan pintoresco personaje. «Mira, este es el Xilotl, conocido como El Chivo – me dice María – el artista más conocido del pueblo, autor del mural de la plaza». «Hola, soy Ana, encantada, el mural es precioso», y me disculpo por mi mala educación, que no parece importarle en absoluto. «Ahora mismito tengo que ir a presentar un por-supuesto (aclara entre risas que los pre-supuestos no se los puede permitir), pero luego a las 11 voy a la casa y platicamos», nos dice. «De acuerdo. Estaré en clase, pero me avisan y salgo», le digo, y me siento de nuevo como en una película, en medio de tanta espontaneidad.
Vino efectivamente el Chivo a vernos y salí de clase para platicar un poquito en la plaza. Según avanza la conversación, su apariencia de mítico artista bohemio va perdiendo protagonismo para dejárselo a «Colores que dan vida», el proyecto de acogida a niños de nueve a doce años que lleva a cabo en su propio taller. «Son niños perdidos, hijos de desaparecidos, drogadictos, presos… viven con sus abuelas, que tampoco están, porque tienen que trabajar para mantenerlos. Comparten el cuarto con muchos y claro, les roban sus cosas, así que las dejan en el aula». En el taller aprenden a leer y escribir, pintan y hacen manualidades, aunque también les gustan mucho las Matemáticas. Se convierte entonces el Chivo en Isidro Xilonzóchitl, Xilotl, que significa jilote: la mazorca de maíz cuyos granos aún no ha cuajado.
Caminamos con Xilotl hacia el mural de la plaza del pueblo y me explica que el hombre de la barca representa a los habitantes indígenas de la ribera del Chapala que hacían una ofrenda a la laguna, su diosa -representada por la mujer-, para que les diera vida – los peces- , pero no mucha, para que no hubiera trombas de agua – las culebras- y pudieran crecer los frutos. Interpreta el artista que «Cosalá» viene de los cosacos o arcoíris, tan presentes en el paisaje de la ribera del Chapala. Me invita a su taller y me muero de rabia porque tengo que volver a clase con Kaho y las mujeres. De finanzas. Personales.
Me recordó Xilotl, pero mucho, al protagonista de la novela «El despertar de la señorita Prim», de Natalia Sanmartín Fenollera, que leí y disfruté hace años sentada en un banco en Aldeanueva de Cameros, un paraíso también mágico y rural, pero muy distinto a este fascinante rincón del mundo.





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