(Dieser Beitrag wird später auf Deutsch veröffentlicht).
Ayer fue día de expedición en equipo por algunas localidades del lago Chapala. Íbamos Rosy Arévalo, directora del centro de Pro México en San Juan Cosalá; María Blanco, trabajadora de Pro México, artista y directora del proyecto MuralizArte -del que os hablaré en una de las próximas entradas-; Kaho y yo. Primera parada: San Cristóbal Zapotitlán, una humilde localidad a orillas del lago Chapala que se alimenta de la agricultura, la pesca y la artesanía basada en el trabajo de las hojas del maíz. Nuestro objetivo: visitar la cooperativa de artesanía que formaron las alumnas de la primera generación del proyecto «Segunda Oportunidad» y «avisarlas» de varios retos inminentes para su día a día de madres de familia artesanas.
La gran noticia era, pues, que Pro México organizará un bazar en San Juan Cosalá los próximos días 10 y 11 de diciembre, donde ellas podrán darse a conocer y vender sus productos, siempre y cuando hayan aportado una donación en especie: tortillas, tamales, carnitas, muffins, repostería, nieve de garrafa (especialidad mexicana parecida al helado), etc., que se venderán para financiar la actividad -modelo éste de financiación que hemos importado de los Kinderflohmärkte alemanes y que ha tenido gran acogida-. Gran reto el del mercadillo para estas emprendedoras incipientes, cuya alegría no fue directamente perceptible en sus expresiones al comunicarles la noticia: «¿Quién me cuida a los chavitos?», «¿de dónde saco yo tiempo ahora para hacer x cestillos, y bandejas y z nacimientos en un mes,?», «¿qué llevo yo que me salga bien para que coman los asistentes?»… pensarían. Su preocupación se fue aliviando según contestábamos a sus preguntas y les ayudábamos a buscar soluciones, y sus sonrisas se abrieron definitivamente cuando las entrevistamos -en grupo, solas no se atrevían- y pudieron contarnos qué había supuesto para ellas «Segunda Oportunidad»: sentirme más segura de mí misma, ser consciente de mis capacidades, cooperar con mis compañeras y aprender de ellas, tener una fuente propia de ingresos, ser consciente del valor de mi trabajo… Cuando la gratitud supera a las limitaciones y la sonrisa se abre, cualquier corazón que observe se une para captar, en un instante, lo que realmente importa en esta vida.
Estaremos, pues, con ellas, ayudándoles a preparar sus tarjetas de visita, sus envases y sus hojas de cálculo, para que sepan cuáles son sus límites respecto al precio que pueden ofrecer. Kaho quiere que los productos artesanos de estas valientes lleguen a venderse en Japón algún día. No tengo ninguna duda de que, con ella, las maravillas artísticas que producen Carmelita Osorio, María Eugenia Solano, Laura Flores y Chalito Nomelí, las mujeres artesanas de este pequeño pueblo de la ribera del Chapala, llegarán al otro lado del mundo.










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